Sligo. Irlanda.

Fui, vi y conté de JORGE MAICAS

Este verano tuve el privilegio de realizar un viaje a Irlanda durante todo el mes de julio. Mi estancia iba destinada al aprendizaje del inglés, pero el espectacular paraje en que me encontraba era digno de fotografiar. Me acogió una familia de granjeros, lo cual me permitió conocer de primera mano las técnicas más tradicionales que estos llevan a cabo y su ligera modernización. Entre los valores que quedaban a reducir destacaba su fuerte respeto por el medio ambiente. La irlandesa es una cultura que entiende que el medio natural tiene un valor incalculable y que dependen de él.

En mi caso, me encontraba en Sligo, condado situado en la zona nor-oeste de Irlanda, no lejos de la costa. A lo largo de toda mi estancia tuve la posibilidad de adoptar una rutina que se fundamentaba en conocer, descubrir e investigar más sobre la bella Irlanda. Recuerdo hacer excursiones casi todos los días, algo que me sirvió no tan solo para descubrir nuevos paisajes y lugares, sino también para hallar una conexión con la naturaleza. Recorrer largos caminos, ayudar en la cosecha de sus campos o bañarme en alguno de sus lagos fueron algunas de las actividades que me sirvieron en mayor medida para lograrlo. Sentir que todo eso que la Naturaleza nos ofrece gratuitamente, para nuestro disfrute y placer, es motivo suficiente para devolver el regalo con respeto.

Pude trabajar con animales, como vacas, caballos y cabras. La convivencia con toda clase de animales también sirvió para que llegara a darme cuenta de que el animal es verdaderamente feliz en este medio natural, sin explotar la obtención del alimento que producen y sin alterar cuanto a penas su hábitat.

Visité castillos, yacimientos arqueológicos y todo tipo de museos, todos ellos ligados de una manera u otra a lugares donde los paisajes eran dignos de admirar.

Se considera esta zona como la parte virgen de la Irlanda en la que ni la sobreexplotación ganadera ni agrícola han conseguido avanzar. Tampoco la contaminación atmosférica ha podido hacerse con Sligo. Recuerdo mirar por las noches el cielo estrellado y lograr discernir todo tipo de constelaciones y estrellas.

Es poco frecuente que casos como el mío lleguen a tener algo de repercusión mediática, pero lo cierto es que mi experiencia personal me sirvió de gran ayuda. Para valorar el mundo en el que vivimos, para respetar el medio natural en la medida en que podamos, y, sobre todo, para luchar por evitar la degradación del medio. La naturaleza nos ofrece unos recursos, y lo hace a cambio de nada. Qué menos que protegerla.

Es de vital importancia que, principalmente las nuevas generaciones aprendamos a valorar nuestros espacios naturales, primero conociéndolos y disfrutando de ellos y más tarde compartiendo nuestras experiencias con los demás.

Por todas, y por otras muchas razones, creo que mi viaje merece ser compartido, a modo de concienciación, o de simple curiosidad. Más que un llamamiento al conservacionismo a ultranza de cada rincón del planeta, deberíamos darnos cuenta de que la belleza que nos ofrece la naturaleza depende del modo en que la cuidemos, y de que debemos hacerlo. De lo contrario, podría ser demasiado tarde.

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